
El cuello de una jirafa mide aproximadamente dos metros, contiene exactamente las mismas siete vértebras cervicales que el cuello de un ratón o el de un ser humano, y ha sido durante siglos uno de los ejemplos más citados en los debates sobre evolución. ¿Por qué tan largo? La respuesta más obvia, que le permite alcanzar las hojas más altas de los árboles, es correcta pero incompleta. Hay algo más detrás de ese cuello, y tiene que ver tanto con la alimentación como con la competencia entre machos y posiblemente con la termorregulación en el calor de la sabana.
La jirafa, Giraffa camelopardalis, es el animal terrestre más alto del planeta. Un macho adulto puede superar los cinco metros y medio de altura y pesar más de una tonelada. Y sin embargo, con ese tamaño tan extraordinario, es un animal silencioso, discreto y sorprendentemente vulnerable.
Un cuerpo construido alrededor del cuello
Todo en la anatomía de la jirafa parece diseñado para sostener y hacer funcionar ese cuello imposible. El corazón es enorme, de hasta once kilogramos, y genera una presión arterial casi el doble de la de un humano para bombear sangre hasta el cerebro a través de esa distancia vertical. Cuando la jirafa baja la cabeza a beber agua, un sistema de válvulas y vasos especializados evita que ese flujo de sangre cause un pico de presión letal en el cerebro.
Las patas delanteras son algo más largas que las traseras, lo que le da esa postura inclinada hacia adelante tan característica y le permite, paradójicamente, alcanzar el suelo para beber sin necesitar bajar demasiado el cuello. Aun así, beber es uno de los momentos de mayor vulnerabilidad de la jirafa: tiene que separar mucho las patas delanteras o doblarlas, adoptando una postura que hace muy difícil levantarse rápidamente si aparece un depredador.
Lengua, labios y una dieta muy concreta
La jirafa es un herbívoro especializado en hojas de árboles, especialmente acacias, y tiene herramientas anatómicas muy concretas para ello. Su lengua, de color gris azulado o morado, mide alrededor de 45 centímetros y es prensil: puede enrollarse alrededor de ramas espinosas para arrancar las hojas sin que las espinas dañen la lengua. El color oscuro se cree que puede estar relacionado con la protección frente a las quemaduras del sol, ya que la lengua está expuesta constantemente durante el pastoreo.
Los labios también están reforzados y son muy hábiles para seleccionar hojas entre espinas. Una jirafa adulta puede consumir hasta 34 kilos de hojas al día, y pasa la mayor parte de sus horas activas comiendo, ya que necesita mucho tiempo para reunir suficiente alimento dado su tamaño.
La vida social y los combates entre machos
Las jirafas viven en grupos informales y flexibles, sin una jerarquía fija ni territorialidad estricta. Los grupos cambian de composición constantemente, con individuos que se unen o se separan según la disponibilidad de alimento y agua.
Los machos compiten por las hembras mediante un comportamiento llamado «necking», que consiste en golpearse mutuamente con el cuello como si fuera un mazo. Estos combates pueden ser bastante violentos y se cree que la selección sexual ha sido uno de los factores que ha favorecido el desarrollo de cuellos más largos y robustos en los machos, además de la ventaja alimentaria.
Las hembras dan a luz de pie, lo que significa que el recién nacido cae desde una altura de casi dos metros al suelo. En cuestión de horas ya está de pie y corriendo, una necesidad vital en un entorno con depredadores como leones, leopardos e hienas.
Cuatro especies donde antes veíamos una
Durante mucho tiempo se consideró que existía una única especie de jirafa con varias subespecies según los patrones de manchas y la distribución geográfica. Un estudio genético publicado en 2016 cambió esa visión: los investigadores propusieron dividirlas en cuatro especies distintas, con diferencias genéticas comparables a las que existen entre osos polares y osos pardos.
Esa reclasificación tiene consecuencias importantes para la conservación: algunas de las nuevas especies tienen poblaciones mucho más pequeñas de lo que se pensaba, lo que aumenta su nivel de amenaza real.
Una especie silenciosamente en declive
Las jirafas son uno de los ejemplos más llamativos de lo que los conservacionistas llaman «extinción silenciosa»: una especie que pierde individuos de forma acelerada sin generar el mismo nivel de alarma pública que otros animales más carismáticos o mediáticos.
Su población total ha caído más de un 40% en los últimos treinta años, principalmente por la pérdida de hábitat debida a la expansión agrícola, la caza furtiva y los conflictos armados en partes de su área de distribución. Hoy la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza las clasifica como especie vulnerable, y algunas de las nuevas especies propuestas se encuentran en situación aún más crítica.
Preguntas frecuentes sobre la jirafa
¿Las jirafas duermen de pie?
Sí, la mayor parte del tiempo duermen de pie en siestas muy breves de pocos minutos. El sueño profundo en horizontal es muy raro y dura apenas unos pocos minutos al día, ya que en esa posición son muy vulnerables a los depredadores y les cuesta mucho tiempo levantarse.
¿Las jirafas hacen algún sonido?
Durante mucho tiempo se creyó que eran mudas. Hoy sabemos que producen sonidos, aunque muy bajos, incluyendo gruñidos, silbidos y, según un estudio reciente, una especie de zumbido de baja frecuencia que emiten por la noche y cuya función todavía no está del todo clara.
¿Pueden correr las jirafas?
Sí, y bastante rápido. Una jirafa en plena carrera puede alcanzar los 55 kilómetros por hora en tramos cortos, suficiente para escapar de muchos depredadores en terreno abierto. Su forma de correr es peculiar: mueven las dos patas del mismo lado simultáneamente, un tipo de marcha llamado ambladura.
¿De qué se defienden las jirafas?
Su principal defensa son las patadas, que pueden ser mortales para un depredador. Un golpe de las patas traseras de una jirafa adulta puede matar a un león. También usan el cuello como arma de forma activa frente a depredadores, golpeando con la cabeza como si fuera un martillo.
La jirafa es un recordatorio de que la evolución no busca la elegancia sino la funcionalidad, y que a veces la solución más extrema a un problema de supervivencia acaba siendo, casi por accidente, una de las siluetas más reconocibles del planeta.


